Persona 1: Cuando la razón humana despierta del sueño religioso, su deseo es comprender la realidad, toda la realidad. Con el tiempo asume que no puede hacerlo. En venganza controla la realidad para hacerla inteligible. Gradualmente ese control se vuelve invisible y la razón empieza a creer que en realidad sí comprende la realidad. Cuando la realidad empieza a sangrar bajo la presión del control, la razón busca las causas fuera de sí: en la naturaleza, en los extraterrestres, en el 2012, en el fundamentalismo, en los otros, allá afuera. Una nueva forma de resignación se apodera de la razón, que divaga tras las rejas del control.
Persona 2: Tu dibujas una recta pero yo veo muchas esquinas. Esas esquinas son los momentos en que la razón sigue adelante asumiendo nuevas formas. Esas esquinas son mas bien encrucijadas, y en ellas la razón se divide y no vuelve a reunirse. Por ejemplo, cuando la razón asume que no puede comprender el mundo, puede devenir romanticismo, misticismo, idealismo, praxis revolucionaria o nihilismo… o puede vengarse interviniendo. Probablemente toma ambos caminos. Eso revela un par de cosas. Primero, que el movimiento de la razón no dibuja una trayectoria lineal, ni siquiera zigzagueante, se esparce como mantequilla tridimensional desintegrada…
Persona 1: Pero debe haber alguna acumulación sistemática de visiones trás el desarrollo y consolidación del capitalismo como forma de coordinación humana universal.
Persona 2: El movimiento desintegrativo de la razón no implica un movimiento paralelo en el control y la organizacion. El control sigue un curso lineal independiente de la razón, pese a que en ciertos momentos existan puntos de encuentro, como el hegelianismo o el positivismo lógico, igualación entre razón, realidad y organizacion humana el primer, y entre razón y realidad el segundo. No hay una trayectoria de ideas, solo de estructuras trás la aparición y consolidación del capitalismo.
Persona 3: Separar la razón y la organizacion es muy condescendiente… para con la razón. Eso que ustedes llaman razón podría, en efecto, ser un producto de la estructura/organización/control. Quizás los momentos más brillantes de la razón son aquellos en que es consciente de su identidad con el control. Pero incluso ese es un gesto de control-sobre-si-misma. Lo que no tengo claro es si esto debería ponernos contentos o tristes.
Cuando estaba en el colegio, molestar sistemática y colectivamente a un compañero aún no estaba definido como problema psicológico ni política pública. El odioso anglicismo “bullying” aún no entraba en la escena de las preocupaciones sociales. Basándome en la experiencia de esos años, quisiera reconstruir algunas características de esa práctica.
El actor central, al menos al principio, es la víctima del bullying. Sobre todo su historia previa de desaciertos, actualizada en algún punto por un error ruidoso, injustificado. Ahí comenzaba el ritual colectivo de ir articulando bromas con mas bromas… con mas y mas bromas, todas conectadas, todas creciendo en brutalidad y perdiendo inteligencia gradualmente. En algún punto de esa orgía el actor principal dejaba de ser la víctima, y la escena era dominada por el colectivo, en una demostración reciproca de cinismo, desinterés y desprecio que, si llegaba a parar, no era ante una defensa eficaz de la víctima, sino solo por el agotamiento inevitable de la energía colectiva desplegada.
Hoy fui testigo en twitter de otro desenfrenado ritual de humillación en torno a #laena. Una de las características del bullying es que adquiere fuerza en la repetición de sus víctimas y de sus formas. Ena, otra vez, entrega una excusa para echar a andar esa sorprendente forma de acción colectiva. Pero no dejaba de pensar que, más allá de su solapada cobardía, lo irritante del gesto “bulliyento” es su profunda precariedad.
Hay algo muy parroquial en atacar todos juntos a una víctima tan abstracta como una senadora, en desplegar nuestra verborrea creativo-injuriosa solo cuando sabemos que todos lo están haciendo, solo porque sabemos que es “trending”. Es la paradoja de una transgresión que se apoya en el colectivo, que transgrede para adentro, enriqueciendo el equipaje irónico de los mismos, entre los mismos, para los mismos. Y lo que irrita es que el acoso colectivo funciona como distracción, como entre-tenimiento (tener entre, mantener dentro) masivo del que resulta difícil escapar, porque parecemos estar programados para ser expertos obreros de la humorada colectiva. Y, como Rafael Gumucio parecía señalar hace unos días, hay un patrón en la figura del político tonto, que de tan tonto se hace cercano, casi querible en su estupidez… y un patrón nunca es inocente.
A salir de la profunda pereza del bullying y a reprogramarnos para aprender a decir lo contrario, cuando realmente es lo contrario, no cuando es lo circunstancialmente obvio.
En los círculos ligados a la defensa de los derechos de las personas con discapacidad mental, o de los más excluidos de la sociedad, es moneda usual la idea de que estas personas son “invisibilizadas” o “invisibles”. Ciertas cuestiones se abren ante esta forma de hablar. ¿De dónde surge la invisibilización?, ¿Cómo es posible invisibilizar algo?, ¿la invisibilidad es producto de el objeto que no se ve, o del sujeto que no ve?
En general no hay muchas buenas reflexiones (en el nivel cotidiano, en la conversación especialista, en el discurso de los interesados) en torno a estas preguntas. Se asume que por alguna razón mucha gente hace como que otra gente no existe. Los pobres, los locos, los raros son borrados por la acción e inacción de los normales.
Una metáfora que no piensa es una metáfora muerta. Por eso, aventuro una lectura. Uno no ve porque uno no quiere experimentar la compasión. Uno no quiere saber cómo vive una madre sola que cuida a un adolescente esquizofrénico con los pocos recursos que obtiene cuidando autos. Naturalmente uno preferiría que eso no pasara, que esa realidad no existiera, pero esa preferencia colectiva forzada a la inacción, se institucionaliza y se traduce en una ceguera.
No es la vergüenza, la incomodidad, la extrañeza ante el otro. Es la negación de su experiencia en cuento experiencia posible, cercana, propia. Se modela así un a-sentimiento suplementado por la retórica neoliberal. Así, se racionaliza el drama del otro como el resultado de una mala combinación de esfuerzo y oportunidad.
Ahora, la invisibilización siempre es la respuesta a una hipervisibilización de otra cosa. Y esa otra cosa es la aspiración a la no-pobreza y a la no-locura, el mandato permanente al éxito, al control, a la felicidad. La paradójica acción de proyectar un vacío en el otro, que elimina su posibilidad en mi vida y en mi círculo. Y, de nuevo, esta proyección tiene soportes institucionales concretos en cada guardadero de locos, en cada solución habitacional, en cada escuela municipal.
Introduction
This essay is an attempt to critically evaluate the contemporary relevance of one aspect of the theory of social representations, the study of how ideas spread in public spheres. After a succinct reconstruction of the Durkheimian and Moscovician stages of elaboration of the concept, this essay suggests the need for a new stage of elaboration, given the complex and disjunctive nature of contemporary public spheres. In a Kantian sense, a critique is not a negative evaluation. It is, more precisely, an act of demarcation, the definition of the limits of a concept. Durkheim and Moscovici have critiqued the individualistic conceptual legacy of modernity and its limited capacity to understand the social worlds in which they lived. New directions for this critical orientation are suggested.
From Collective to Social Representations.
Durkheim’s concept of “collective representations” is one of the most important precedents in the theoretical endeavour of Serge Moscovici. Against the subjective epistemological tradition of the enlightenment, in particular the Kantian subject with its transcendental framework of categories (Kant, Wood, & Guyer, 1998), for Durkheim the structure of human cognition is a product of culture and society (Durkheim, Mauss, & Needham, 1970; Jovchelovitch, 2007).
In Durkheim, the social nature of knowledge accomplished a moral function. In this sense, collective representations are the cognitive product of society and, by being shared by each of one of its members, are the conditions of possibility of cohesion and solidarity and therefore, of society itself.
Durkheim’s major goal was to set the ground for sociology to become an autonomous science of an autonomous object (Durkheim & Lukes, 1982). To do so, he needed an abstract concept of society without much sensitivity for variation and specificity. Every societal formation depends on the presence of shared mental contents. The link between the collective and the representation is absolute, permanent and monadic (Jovchelovitch, 2007).
Based on an empirical research on the dissemination of psychoanalysis in the French public, Moscovici was able to take the concept and adapt it to observe new complex societal conditions (Moscovici & Duveen, 2007). In this new approximation, society meant a plurality of groups contesting and producing representations in a dynamic and creative way. Far from being just passive reflects of an external object, social representations are active processes of reception and socialization of objects, transformed “by relating them to a system of values, notions and practices that enables individuals to orient themselves within the social and material environment and to master it” (Moscovici & Duveen, 2007, p. xxxi).
The way in which a community transforms external knowledge is expressive of its own history and identity. Moscovici looks specifically at 3 such groups inside his contemporary France. The variation in the way that psychoanalysis was absorbed and re-presented by these groups allowed Moscovici to go from collectively bounded representations to socially dynamic representations.
A third stage
For Moscovici, the starting point, at least methodologically, was that “every group inhabits its own world of opinion” (Moscovici & Duveen, 2007, p. xxxv). Only on the basis of that assumption the idea of multiple socio-cognitive frames operating inside one group or individual is relevant. In this sense, Polyphasia, more than a individual or collective state of plural rationality (Jovchelovitch, 2002), represents a medium to cognitively deal with an hyper complex society, and is a manifestation of two important things: first, the capacity of the individual to assume a third position in front of divergent social logics that he needs to master, and second, the capacity of social logics (and their “worlds of opinion”) to respond to their own structures over time, with increasing levels of autonomy in front of human groups or communities.
Cognitive Polyphasia is needed when the social logics that groups and individuals need to master are so plural and disjunctive, that no single cognitive system is enough. This means that the consensual world (Moscovici, 2001) loses its centrality in the organization of experiences. Increasing numbers of groups and people adopting a polyphasic cognitive scheme is a signal that the distinction between consensual and reified worlds it’s not operative. Under this perspective, social representations, more than “consensual worlds”, are specific positions across the social spectrum, cognitively open to different individuals and groups to assume or contest them.
Cited Works
Durkheim, É., & Lukes, S. (1982). The rules of sociological method : and selected texts on sociology and its method. London: Macmillan.
Durkheim, É., Mauss, M., & Needham, R. (1970). Primitive classification (2nd ed.). London: Cohen and West.
Jovchelovitch, S. (2002). Re-thinking the diversity of knowledge: cognitive polyphasia, belief and representation. LSE Research Online. Retrieved from http://eprints.lse.ac.uk/2628
Jovchelovitch, S. (2007). Knowledge in context representations, community, and culturepp. xii, 211 p.). Available from http://www.myilibrary.com/browse/open.asp?id=97126&entityid=https://lse.ac.uk/idp
Kant, I., Wood, A. W., & Guyer, P. (1998). Critique of pure reason. Cambridge: Cambridge University Press.
Moscovici, S. (2001). Social representations : explorations in social psychology. New York: New York University Press.
Moscovici, S., & Duveen, G. (2007). Psychoanalysis: its image and its public. Cambridge: Polity.
Como aseguran muchos comentaristas, los rankings académicos no tienen peso científico, no miden lo que dicen medir y, en general, se basan en la opinión de diversos actores sobre la “popularidad” de una Universiadad y en datos bibliométricos limitados. Como pasa con otras mediciones, se basan en los pocos elementos medibles de un fenómeno, aunque no tengan relevancia para una evaluación integral. El problema es que esa debilidad teórica y metodológica no afecta la fortaleza funcional de los rankings, a saber: las funciones que la medición cumple, los problemas que resuelve, las tareas que realiza, la complejidad que reduce. Por ejemplo, bajo sus últimos ajustes, el Programa Becas Chile no podría administrar la complejidad de evaluar caso a caso todas las universidades elegidas por sus postulantes. Para esto descansa en los Rankings.
Ahora, esa complejidad reducida es, al mismo tiempo, complejidad aumentada; aparece así una literatura crítica en torno a los rankings nacida, principalmente, desde las universidades que no tienen buenos lugares. Estas mismas universidades pueden, por otro lado, establecer medidas correctivas e incluso basar su plantificación estratégica en la obtención de mejores puestos en los mentados Rankings. Grupos editoriales diversos (los Rankings existen porque venden revistas y diarios) pueden ofrecer más y “mejores” Rankings, e incluso puede aparecer un “Meta-ranking” que, en base a una selección de Rankings, establezca los puestos de cada universidad (y para hacer esa selección puede haber un Meta-meta-ranking, es decir, una lista de “Los mejores rankings académicos del mundo”).
Siguiendo a Eduardo Rivera (2011), el uso indiscriminado de malas evaluaciones es un asunto especialmente pernicioso dentro de una política pública orientada al desarrollo de capital humano avanzado. Creemos que en este contexto, la única forma de equilibrar la funcionalidad de una medición con su auténtica capacidad evaluativa es revisando los objetivos iniciales del programa y recuperando la voluntad que le dio vida.
Rivera, E. (2011). “El Uso de Rankings en el Programa Becas Chile: Entre la Sociedad del Conocimiento y la Tabla de Posiciones”. OCIDES, Santiago, Chile.
Las cosas son de un modo que nos deja fuera. Entonces nos disponemos a comprender porqué las cosas son de ese modo, cual sería la forma en que nadie quede fuera, y como conseguir pasar de un modo a otro. Entender es lento y aburrido, concentrémonos en detener el modo actual, ya pensaremos en un reemplazo, dicen algunos. Otros dicen: si nos dedicamos a entender, puede que entendamos tan bien que terminemos convencidos de que el modo actual es el único, y eso nos haría estar dentro de él. Otros decimos: actuar es una forma de comprender que fundamenta la acción, comprender es una forma de actuar que fundamenta la comprensión, comprender el mundo es siempre comprendernos en el, lo que separa los dos caminos no es una O, es una Y.
Me extraña que se siga cuestionando la ligazón entre lucro y calidad. Eso indica de frente un concepto estrecho de calidad. El discurso “experto en educación” está fijado en ese concepto estrecho. Precisamente es “experto” por su sobreespecialización sin contexto. La agitación-social-significativa le devuelve contexto no solo a la educación, sino a todos los problemas autodefinidos por la sociedad. Invita a pensar en un “cambio de paradigma”, por manoseada que esté esa fórmula, porque implica un cambio en la forma de explicar los fenómenos sociales. Utilizando un ejemplo: Para entender el problema de la contaminación, no tiene sentido analizar el material particulado, o una muestra de C02, hay que revisar el sistema productivo completo. Para entender la pobreza no hay que encuestar a los pobres, hay que comprender las fórmulas económicas que, en su funcionamiento, generan exclusión. Para entender la educación como problema no hay que ir a una sala a mirar qué pasa, no hay que aplicar pruebas estandarizadas y diseñadas con la mejor metodología, hay que preguntarse qué país sueña Chile y qué o quienes ven en ese sueño una pesadilla para sus intereses. Es un cambio en la forma de vincular fenómenos.
El vino en una década paso de brebaje de los pobres a sofisticado e hiperdiferenciado objeto de culto, con especialistas y comentaristas, revistas, libros, documentales y un mercado mayúsculo. Al té le ha tomado unos cuantos años, dejó de ser una cosa que venía en bolsas o en hojas y tenía siempre el mismo sabor, y pasó a ser una interminable taxonomía de sabores, combinaciones y beneficios. ¿Qué viene ahora?. Porque yo no estoy proponiendo una vuelta a un mundo más simple y “auténtico”, por el contrario, creo que podríamos escoger elementos hasta ahora tomados como vulgares y funcionales y voluntariamente elevarlos a la categoría de productos con capacidad de entregar estatus.
Propongo una lista tentativa de productos hypeables:
- El charqui. Podríamos pensar en miles de tipos de chaquis, acompañados de una ciencia dedicada a la evaluación de su sabor y sus atributos. Charqui vegetal, o de animales raros, charqui de condor, muy exportable.
- La miel: Diferentes tipos combinados con especias, sometidos a alguna clase de envejecimiento, miel añejada, algo así.
- La mantequilla: Mantequilla auténtica con aliños varios, desde los básicos orégano, albahaca, a otros más sofisticados, tan sofisticados que no los conozco.
Qué más?..
Esto va en respuesta a un tweet de @deenzo: “sabi lo que sospecho? que la crítica jamás a tenido una función tan trasnformativa como tu creí Cuidado con idealizar el pasado”
Se desprenden varias cosas. En honor a Michael Jackson, empezaré al revés. Creo que la única forma de nostalgia que tolero es aquella que responde a una necesidad de pensar el futuro. Piensa en Zappa, un clásico que te permite encaminarte musicalmente hacia el futuro. ¿Basta decir que la teoría crítica es “parte del pasado” para descartar su utilidad?, la teoría de sistemas también tiene sus años, y luego de ella se han desarrollado nuevas teorías que no invalidan la utilidad de lo previo. Vuelvo al principio, valido la nostalgia siempre que sea una herramienta para pensar el futuro. Porque si hay algo de lo que hemos sido privados (asumo la carga metafísica de la sentencia) es del futuro, es la posibilidad de pensarlo y, sobre todo, de diseñarlo y encaminarnos hacia él como quien se encamina a su casa después de la pega. La retórica de la catástrofe, alimentada por los ambientalistas en un afán por defender el futuro de la irresponsabilidad en el presente, no hace más que introducir “ruido” en cualquier interpretación/creación del futuro. Ahora, también es posible pensar que la retórica de la revolución no le hace mucho favor al futuro, e introduce un límite, un cambio total del capitalismo luego del cual nunca hemos sabido qué podría pasar. ¿Renunciaremos a pensar el futuro?, podríamos hacerlo, pero con esos nos quedamos sin proyecto, y sin proyecto nos quedamos sin presente, o nos quedamos sin presencia en el presente.
La cosa es que en la actualidad hay una especie de crisis de la crítica. Uno podría vincularla al ejercicio teórico postestructuralista que socava ciertas asunciones que hacían posible ejercer una crítica al estilo ilustrado. La idea de crítica, una forma de concebirla, pierde naturalidad. Pero la indignación, la sensación de injusticia, esa permanece, se incrementa, pierde sus estribos y corre el riesgo de diluirse entre los borrosos rincones de la psique actual.
Si no articulamos una recuperación de la crítica a su fuente básica en la indignación, nos quedaremos solo con otra herramienta interpretativa, pero no transformativa. Si no canalizamos la indignación hacia formas de acción coherentes con un programa crítico-teórico, perdemos el foco hacia la totalidad y limitaríamos nuestras luchas a situaciones puntuales y soluciones puntuales, tal y como la filosofía de la gestión y las “competencias” nos lo indican.